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IDEAS PARA EL CURSO DE MOVIMIENTO CON CONCIENCIA

Este curso nos va a dar la posibilidad que todos tenemos de gozar de una mayor vitalidad, sea cual fuere nuestra edad o nuestro estado de salud. Es desarrollar el potencial creativo del cerebro humano.

Hasta hace poco se creía que nuestra vitalidad alcanza su momento cumbre hasta los 20 años y a partir de esa edad empieza a decaer y que poco podemos hacer al respecto. También se pensaba que el cerebro deja de crecer y evolucionar a los pocos años de vida y que luego empieza a deteriorarse a medida que transcurren los años. Las investigaciones científicas más recientes demuestran que realmente nuestro cerebro puede seguir creciendo, desarrollándose y cambiando a lo largo de la vida. El cerebro puede alcanzar niveles más altos de funcionamiento e infundirte una mayor capacidad para gozar, tener más energía, creatividad y éxito.

Todos en un momento dado de nuestra vida hemos experimentado vitalidad. Por ejemplo cuando te enamoraste te sentías lleno de energía, tenías muchas esperanzas respecto al futuro. O cuando conseguiste un trabajo de tus sueños, te empezaron a surgir ideas creativas. Si de pronto te llegó un proyecto que estabas esperando realizar, te entró una gran vitalidad para realizarlo y surgieron muchas ideas creativas. Si eres deportista y cuando pudiste superar y tener buenos logros, sin duda rebosabas de energía. Todos conocemos la vitalidad que hemos experimentado en algún momento de nuestra vida.

En las primeras etapas de nuestra vida hemos crecido y evolucionado para llegar a donde estamos actualmente. En los primeros días de tu vida en los brazos de tu mamá, respondías al tacto, al sonido, a la luz, al movimiento y a la comodidad o incomodidad de tu cuerpo. Y en los primeros años el niño es inquieto y explora el mundo que le rodea, realizando muchos descubrimientos. En esos tiempos rebosabas de energía, curiosidad y creatividad espontánea. La vitalidad que experimentabas en esos primeros años iba dirigida a que tu cerebro estaba desarrollando nuevas conexiones y patrones neuronales. Cada nuevo conjunto de patrones proporcionaba nuevas posibilidades para moverte, sentir, pensar y actuar.

Cuando llegamos a cierto grado de desarrollo con la edad, muchos empezamos a echar el ancla. Dejamos de proporcionar al cerebro aquello que necesita para seguir creciendo y generar nuevas posibilidades. Entonces o bien se vuelve más lento, o bien deja de crear nuevas conexiones. El resultado es que empezamos a repetir los mismos patrones. Al final no se produce ningún cambio significativo, nuestra vida se vuelve monótona y empezamos a deteriorarnos en nuestra forma de pensar, de movernos y de sentir. Todo se empieza a cristalizar.

Cuando nos hacemos adultos, encontramos formas de pensar y de hacer las cosas que nos funcionan, que suelen ser productivas, eficaces y prácticas. Entonces repetimos constantemente esos patrones. Al cabo no podemos reinventar cada vez nuevas formas de hacer las cosas y esas rutinas y costumbres eficientes en donde podemos confiar porque las tenemos comprobadas para afrontar las tareas de cada día. El peligro es que nos convirtamos en autómatas activando a diario los mismos circuitos obsoletos.

Una parte de nuestra verdadera naturaleza consiste en trascender los hábitos y las rutinas persistentes. Nuestro cerebro prospera cuando crea información nueva y eso es lo que necesitamos para sentirnos vivos, tener entusiasmo y comprometernos con la vida de una manera vital. Cuando no le ofrecemos al cerebro lo que necesita para crear y prosperar, empezamos a apagarnos y a ser inflexibles. Empiezan los achaques y cada vez respondemos peor a las personas y acontecimientos que nos rodean. Estamos física y mentalmente apagados, menos receptivos ante cualquier cosa novedosa o diferente.

¿Es posible recobrar nuestra vitalidad, sin importar la edad, los síntomas físicos o la etapa de la vida? Claro que si. El cerebro tiene una capacidad innata para seguir descubriendo e inventando nuevas formas de actuar y de pensar. Vibra más y está más vivo cuando se le pide que diferencie, es decir, que reconozca matices cada vez más sutiles y que tome decisiones más meditadas, para formar patrones nuevos y alcanzar niveles más altos de complejidad, habilidad, fuerza y rendimiento en todo lo que hace.